Nos encontramos ante a un escenario complejo, cargado de incertidumbres y contradicciones

Alfredo Toro Hardy El Universal / ND
 

Lo que se tiene en manos en Copenhague resulta inmensamente complejo. En primer lugar encontramos un consenso internacional creciente con respecto a la necesidad de reducir los gases de efecto invernadero y por extensión el consumo de combustibles fósiles.

En segundo lugar se da la presencia de un consenso científico mayoritario con respecto al impacto de las emisiones de dióxido de carbono sobre el calentamiento global.

En tercer lugar existe una postura de disentimiento dentro de la comunidad científica que, aunque minoritaria, presenta argumentos que no pueden ser desechados fácilmente. Argumentos estos que crean importantes dudas a quienes deben desembolsar fondos de compensación o a quienes deben imponer límites a su crecimiento económico.

En cuarto lugar observamos las dificultades importantes que se confrontan en el ámbito multilateral para materializar las metas planteadas.

En quinto lugar aparece la postura reticente de China e India de afectar la marcha expansiva de sus economías, en función de la sujeción a metas ambientalistas rígidas. Luego de una evolución importante en sus posiciones Beijing y Nueva Delhi estarían dispuestas a limitar sus emisiones de dióxido de carbono, a cambio de ayuda por parte de los países desarrollados en forma de fondos de adaptación y transferencia tecnológica en materia de energía limpia.

En sexto lugar encontramos que a la reticencia de China se le sumarían las dificultades de concreción de objetivos en Estados Unidos. Dado que ambos países son responsables de una cantidad cercana al 50 por ciento de las emisiones de dióxido de carbono, lo anterior plantearía el riesgo de dejar sin sustento a las políticas de reducción de combustibles fósiles. Habría que agregar sin embargo que el presidente Obama, oponiéndose a la posición prevaleciente en el Congreso de su país, busca promover los objetivos ambientalistas y doblegar los intereses creados que se oponen a éstos. Sin embargo, el hueco fiscal de la economía norteamericana deja pocas posibilidades de que Washington asuma los costos de compensar a los países en vías de desarrollo, por no hablar ya de compensar a China.

En séptimo lugar estaría la resistencia natural del mundo en vías de desarrollo de frenar su crecimiento económico para contribuir a la solución de un problema del cual sus integrantes no fueron responsables. A ello se agregaría su reacción negativa frente a los costos crecientes de los alimentos en función del énfasis de los industrializados en los combustibles vegetales.

En octavo lugar aparecerían los temores de los países más pobres de que los ricos y los más ricos de entre los países en vías de desarrollo, los dejen fuera en sus acuerdos de cúpula.

En noveno lugar encontraríamos que la promoción de combustibles vegetales, de resultar exitosa, podría propiciar la desaparición de las selvas tropicales del planeta. Ello haría que los objetivos verdes que se obtienen con una mano se perdiesen con la otra.

En síntesis, nos encontramos ante a un escenario inmensamente complejo, cargado de incertidumbres y contradicciones. Amanecerá y veremos.
 

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